domingo, 9 de mayo de 2010

SERES MITICOS Y SOBRENATURALES DE ARGENTINA

Las mitologías y cosmogonías de los pueblos nativos son sumamente ricas y variadas. Las influencias incas, mapuches y de los pueblos del sur del Brasil, se entremezclan con las creencias propias de estas tierras, logrando un universo de seres fantásticos que fue enriquecido por los mitos europeos, lográndose de este modo un particular sincretismo.

AHÓ AHÓ:
Animal legendario de la región guaraní. Es semejante a una oveja, pero posee grandes garras y devora a la gente que encuentra en el monte. La única salvación frente a su ataque es treparse a una palmera, árbol sagrado que no se atreverá a profanar. Si el perseguido, en su afán por salvarse, sube a otro árbol, el Ahó-Ahó cavará con sus potentes uñas hasta derribarlo y devorará al infortunado.

En Paraguay, más que a una gran oveja, se lo asemeja a un oso. Ambrosetti dice que esta leyenda fue difundida por los jesuitas para que los guaraníes no se alejaran de las reducciones.
 

ANCHIMALÉN:
También Anchü Mallén, Anchimallén y Cherufe. Mito antropomorfo de los araucanos, que los cronistas asimilaron al Duende. Tiene la forma de un enano de sexo indeterminado, con la altura y grosor de un niño de pocos meses. Deidad maléfica en sumo grado, sanguinaria y grotesca. Suele transformarse en un fuego tenue y fugaz que se ve en los caminos y llanuras, en los techos de las casas y ramas de los árboles, o entre las patas de los caballos. A veces este fuego es rojo y corre muy rápido, virando su color hacia el amarillo. Para ahuyentarlo hay que hacer ruidos metálicos con las espuelas u otros objetos y cabalgar desnudo. Quien lo ve de muy cerca se queda ciego o se enferma de la vista. Allí donde aparece esta luz ocurre pronto una desgracia. Se transforma también en pequeños reptiles.

Son a veces sirvientes de los brujos, cumpliendo misiones que éstos les confían. Se dice asimismo que los Anchimalén son criaturas que crían los brujos para que les cuiden el ganado, a las que alimentan con leche, sangre y miel que ponen a su alcance. Pero cuando llega la noche dejan de cuidar el ganado y se convierten en Cherufe, que es el fuego errante.

Según Casamiquela, este mito que expresa los temores de la tiniebla sería un desprendimiento del de Anchimalgén, al igual que Kuyén. Aquél ya no existe hoy.


BASILISCO:

Este ser fantástico remonta sus orígenes a una antigua leyenda de origen probablemente oriental, que fue introducida en Europa por los romanos. Plinio hablaba ya del huevo del Basilisco, y varios artistas se ocuparon de su iconografía. Era un híbrido nacido de la fecundación de un huevo de culebra por un sapo, y se lo describía como un animal verdaderamente fabuloso, algo semejante al dragón, con patas de, gallina y cola de serpiente, una cresta en la cabeza y por lo común provisto de alas. Su aliento pudría el aire, envenenaba las aguas y marchitaba todo verdor.

Aunque su leyenda es entre nosotros menos terrible, tiene todavía una gran vigencia, especialmente en el Noroeste. Se dice que nace de un huevo diminuto y estéril (sin yema o huero), que de vez en cuando ponen las gallinas, sobre todo las viejas y con espolones. Cuando en su nido se encuentra un huevo vacío, nace la sospecha de que ha nacido de él este maligno animal. Se dice también que nace de un huevo que pone el gallo cuando está muy viejo o ha cumplido siete años.

Angel L. López lo describe como un escuerzo con patas muy cortas y color pardo, de gran cabeza y ojos también grandes y luminosos. En Santiago del Estero se lo representa con la forma de un "chelko" o lagarto negro, o de un enorme gusano con un solo ojo.

Huye de la luz del día, guareciéndose en los techos de las casas o en las sombrías ranuras de las paredes, para fulminar desde allí con su diabólica mirada a los desdichados que se dejan sorprender. Pero si se logra verlo antes, es posible matarlo.

Heredero de las Gorgonas de la tradición greco-romana, es tan horrible que ni él mismo puede aguantar su propia imagen reflejada en el espejo. De ahí que la mejor manera de protegerse sea cubrirse la cara con uno de estos objetos, o colocarlos frente a la puerta o ventana por la que se supone que ha de entrar.

Se le atribuyen las muertes súbitas, provocadas por causas desconocidas, y también una forma de histeria femenina comunmente llamada "daño", que suele complicarse con epilepsia.
 

Caá - Porá:

Fantasmón del monte. Ente fantástico del área guaraní. Se lo representa como un hombre de talla gigantesca, monstruoso y velludo, que fuma una pipa hecha con un cráneo y una tibia humanos, y devora a la gente chupándola. Sólo descarta los intestinos, que deja desparramados por el sue. lo. Bueno, ésta es la más terrible caracterización que se le conoce. En Rio Grande do Sul se lo concibe como una mujer, dueña y protectora de los animales del monte. Si un cazador le cae bien, puede ayudarlo a conseguir una presa. De lo contrario, atajará a los perros, garroteándolos invisiblemente hasta que se revuelquen de dolor, permitiendo así que los animales perseguidos se pongan a salvo. Se lo pinta asimismo como un gigante velludo y de gran cabeza, que vive en los montes y se come crudos a los animales que el hombre mata pero no encuentra, o huyen heridos para morir lejos del cazador.

La leyenda que se conoce en Corrientes y Misiones lo presenta por lo regular corno un hombre velludo que se aparece a los cazadores montado en el último pecarí de la piara que están exterminando, para dejarlos idiotizados para siempre o traerles otras desgracias. Por eso muchos se cuidan de incurrir en tales exterminios.

Esta leyenda, como la de todos los dueños y protectores de las distintas especies animales, apunta a la preservación de un recurso natural, y con ello del equilibrio ecológico.

A veces el Caá-Porá se convierte en simple Póra o fantasma que se aparece en el monte, con la forma de cerdo o perro que echa fuego por la boca y aterroriza así a los animales.
 

CAÁ-YARÍ:
Deidad de origen guaraní, que por modificaciones sufridas en la época de las misiones jesuíticas redujo sus dominios a la yerba mate. En efecto, actualmente sólo frecuenta los yerbatales correntinos y misioneros, aunque el fuerte de su leyenda está en Paraguay. Sería una bella joven transformada en dicha planta por Dios, como una forma de asegurarle la eternidad. Para Aníbal Cambas, quien se apoya en relatos de trabajadores, sería una diosa protectora y dueña de los yerbatales.

Ayuda a los hombres que pactan con ella. Para esto es preciso hacer votos ante una mata de yerba de evitar relacionarse en el futuro con otra mujer, y dejar allí un papel con su nombre y la hora en que volverá con el propósito de verla. Hay que armarse de mucho valor para comparecer a la cita, pues para probar el amor del hombre manda sobre él víboras, sapos, tigres y otros animales del monte. Si no huye, se le aparece con la forma de una joven hermosa y rubia. El trabajador debe renovar entonces su juramento de fidelidad, y desde aquel día, cada vez que va a cortar yerbatales cae en dulce sueño, y duerme mientras ella hace su trabajo. Es invisible para todos, menos para este hombre. Si le es infiel con otra mujer, lo matará. Por eso, cuando algún peón muere en el yerbatal, se dice que traicionó a la Caá-Yarí y ésta se tomó su venganza.


CACHIRÚ:
También llamado Cachurú. Divinidad maligna muy temida en la región de Mailín, Santiago del Estero. Se lo representa con la forma de un descomunal lechuzón de poderosas ,garras y agudo pico, Su plumaje es gris oscuro y ríspido, degradando en cerdas a la altura de las piernas. Sus ojos, enormes y fosforescentes, brillan como hogueras en la sombra. Esta luz y sus gritos agoreros son las únicas señales que denuncian su vuelo silencioso.

Se dice que puede alzar a un hombre por los aires o desgarrar su cuerpo en un santiamén. Pero prefiere arrebatarle el alma en la hora de su muerte, para convertirla en un fantasma terrible.

Vive en las más inaccesibles marañas del monte, donde el hombre no penetra. Pero como estos montes son cada vez más escasos, su reinado declina y hasta parece concluido.
 

EL CAKUY:
Es un ave de rapiña, nocturna, denominada Kakuy por los quichuas, Urutaú por los guaraníes, la Vieja y "Mae da luna" por los brasileños.

Cuenta la historia que dos hermanos vivían en el monte. La hermana era mala y el hermano era bueno. El le traía frutos silvestres y regalos, pero ella le correspondía con desaires y maldades. Un día él regresó de la selva cansado y hambriento, y pidió a su hermana que le alcanzara un poco de hidromiel. La mala hermana trajo el fresco líquido, pero antes de dárselo lo derramó en su presencia. Lo mismo hizo al siguiente día con la comida. El hermano decidió castigar su maldad. La invitó una tarde a recoger miel de un árbol que estaba en la selva. Fueron allí y el hermano logró que ella trepara a lo más alto de la copa de un quebracho enorme (para algunos mistol, para otros algarrobo). El, que subió por detrás, descendió desgajando el árbol de modo tal que su hermana no pudiera bajar. El hombre se alejó. Allí quedó la mujer, en lo alto, llena de miedo. Cuando llegó la noche, su miedo se convirtió en terror. A medida que pasaban las horas, comenzó a ver, horrorizada, que sus pies se transformaban en garras, sus manos en alas y su cuerpo todo se cubría de plumas. Desde entonces, un pájaro de vuelo aplomado, que sólo sale de noche, estraga el silencio con su grito desgarrador: ¡"Turay", "Turay" ! ("Hermano", "Hermano").

Otra leyenda (Lehmann-Nitsche) nos habla de que el dios Sol, personificado en un gallardo mancebo, enamora a Urutaú, hermosa doncella. Luego de seducirla se va. Convertido en el astro viajero se instala en el firmamento. Desesperada en su dolor y en su abandono, Urutaú sube a un árbol muy alto, y allí se queda para mirarlo siempre. Cuando el sol desaparece por el horizonte, Urutaú llora con desesperación su ausencia, y lanza gritos desgarradores. Recupera su calma cuando su amado surge nuevamente por el oriente.
 

 EL TIGRE CAPIANGO:
También llamado Tigre Capiango. Leyenda de origen guaranítico, según Ambrosetti, quien escuchó a Leopoldo Lugones contar una versión muy difundida en Córdoba, Santiago del Estero y Tucumán. Se trataba de dos hermanos que vivían en el monte, y uno de ellos, sin que lo supiera el otro, se transformaba en tigre, echándose a la boca unos granos de sal y revolcándose en la consabida piel de este animal. Era menos vulnerable que el Runa-Uturunco, pues cuando disparaban contra él erizaba los pelos y las balas le resbalaban. Tales metamorfosis, según se desprende del relato de Lugones, podían ocurrir a cualquier hora, pero otras versiones indican que se dan siempre al amparo de la noche.

Suele también caracterizarse al Capiango como un animal imaginario de terrible aspecto, que toma a veces la forma de un tigre para depredar. En otros relatos, "capiango" parece ser un estado sobrenatural que un hombre puede obtener cultivando la ferocidad en la lucha y no mostrando amor por nadie. Usa para esto desde niño un pedazo de piel de tigre en su indumentaria, y come el corazón de este felino. Tales prácticas le dan a la postre el poder de, convertirse en tigre a ciertas horas y salir de caza, preferentemente a matar seres humanos.
 

EL CHILLUDO:
Ser legendario de la provincia de Neuquén que según Gregorio Alvarez, se apareció por primera vez en Colo Michi Co hacia 1950. Tal lugar es conocido por lo escabroso, y tiene piedras grabadas por los antiguos pehuenches.

Se lo describe como un hombre grande, cubierto de pelos, que corre y salta por laderas y cañadones; algo semejante al Yeti u hombre de las nieves del Himalaya. Los más antiguos lugareños cuentan que el muchacho que lo vio perdió el juicio.
 

DUENDE:
Genio de gran popularidad en algunas zonas de nuestro país, que algunos comparan a los gnomos europeos. Se dice que son espíritus de criaturas que sus madres mataron al nacer, nacieron muertas, fueron abortadas o murieron sin bautizar.

Comúnmente se lo presenta como un enano con una mano de hierro y otra de lana, y cuando se acerca a alguien le pregunta con cuál mano desea ser golpeado. Algunos dicen que, sin importar la elección, el duende golpeará siempre con la de hierro. Otros, en cambio, aseguran que los desprevenidos eligen la de lana y que es ésta la que en realidad más duele. Su rostro es magro y generalmente tiene barba. Posee unos ojos muy malignos y brillantes, y dientes muy agudos. Viste trajes de llamativos colores, entre los que predominan el rojo y el verde, y usa un sombrerote en pico. Algunas versiones dicen que puede aparecerse como un niño de pocos años o un viejito gordo y barbudo de largas uñas con sombrero de paja de alas anchas. En Villa Matará, Santiago del Estero, es negro y crespo, y viste una túnica "chejchi" (de pintas coloradas sobre un fondo blanco, gris claro o ceniciento).

Personaje esencialmente travieso, socarrón, enamoradizo y por momentos grosero, representaría el demonio de la tentación. Vive en en los troncos de los árboles del monte, de donde sale a la hora de la siesta o en la noche para asustar a los niños y cortejar a las mujeres con regalos. Si éstas aceptan los obsequios pero luego rehúsan sus favores, se venga gastándoles mil travesuras o haciéndoles daños mayores. Cuando se encuentra con mujeres mayores, generalmente se presenta desnudo con el único fin de escandalizarlas.

Según Juan Carlos Dávalos, los sábados por la noche el duende se acerca a los bailes y bares de los pueblos para dar una golpiza a los ebrios. También suelta los caballos que están atados, hurta pequeños objetos, trueca el pan por carbones, apedrea las casas, pudre los huevos, apaga el fuego, vuelca las ollas y corta la ropa.

Según se cuenta, para ahuyentarlo hay que llenarse los bolsillos con algo que posea un olor penetrante.
 

EL FAMILIAR:
El familiar es un eficiente embajador del Diablo, terrible guardián de los pactos que con él se celebran. Acompaña de por vida a quien haya otorgado su alma al maligno a cambio de obtener poder.

Entre nosotros, en su imagen más difundida, es un perro negro (el color de la muerte y el pecado), de refulgente mirada y largas garras capaces de desgarrar a sus víctimas humanas, y hay quien dice que echa fuego por la boca y los ojos. Aunque con menor frecuencia, puede tomar también la forma de otros animales, como cerdo, viborón (como el que había en una bodega de Cafayate), tigre, puma, oveja, burro, caballo y hasta puede personificarse en una mujer. Su aspecto, si bien es terrible, no se distancia mucho de la naturaleza.

Cualquiera sea la forma que asuma, el Familiar se alimenta de carne humana. El patrón de estancia o dueño de ingenio (al parecer los únicos que prohíjan a este animal) tendrá que suministrarle un peón al año, que es su ración mínima, aunque hay pactos que establecen una dieta más nutrida.

La leyenda está muy difundida en Tucumán, Salta y el Noroeste de Catamarca, con irradiaciones a Jujuy y Santiago del Estero. Pero por el lugar que ocupa en la vida cotidiana de los campesinos, más que una leyenda parece una realidad. Cualquiera de ellos tendrá siempre mucho que contar respecto a esta encarnación demoníaca.

Dichos perros se multiplicaron hacia fines del siglo pasado, con el auge de la industria azucarera. Los dueños de ingenio se enriquecieron de la noche a la mañana, y la mentalidad popular encontró la explicación en esta entidad maligna. Había ojos de fuego que se paseaban por la noche del cañaveral. Espantosos ruidos de cadenas. Feroces y fugitivas formas que dejaban al pasar un fuerte olor a azufre, y peones golondrinas que desaparecían de pronto, sin despedirse de nadie. Corría entonces el rumor de que en los sótanos o en la chimenea del ingenio había un perro negro. A veces el patrón lo soltaba para que eligiera la víctima de su gusto, en correrías que enloquecían a los demás perros, y que sólo el canto del gallo podía interrumpir. En otros casos, el solícito industrial le llevaba con engaños al peón y se lo entregaba. Si el patrón faltaba al pacto, él mismo iba a parar a las fauces del diabólico animal. Fue tal la difusión de esta leyenda, que el ingenio que no tuviera un Familiar podía considerarse de poca monta.

Nada le hacen al Familiar las balas ni el filo de los machetes. Sólo retrocede ante la cruz del puñal. Es decir, cede al poder del signo y no del arma. Hay quien dice que se opone al progreso, citando como ejemplo al ya famoso Familiar del ingenio Santa Ana, de Tucumán, que se echó en las vías del ferrocarril que unía esta fábrica a Río Chico el mismo día de su inauguración, impidiendo el paso del primer ferrocarril. Pero otros consideran que el Familiar es, por lo contrario, un símbolo de la faz carnívora de ese progreso.
 

EL FUTRE:
Al parecer, este personaje tuvo su origen en Puente del Inca, Mendoza, y de ahí, con variantes, se extendió a otros puntos de esa provincia y a San Juan.

De Puente del Inca se conocen al menos dos versiones. Según la primera, contada con lujo de detalles por el ingeniero Fidel Roig, se trataría de un inglés muy bien vestido (de allí su nombre, pues se llama "futre" en la zona de Cuyo a toda persona que viste de forma elegante) que, tras haber perdido todo su dinero en la sala de juegos de un hotel cercano a Puente del Inca, salió vestido de frac en plena noche y se perdió entre los cerros nevados. Nunca se tuvieron noticias sobre la suerte corrida por este hombre, pero comenzaron a sucederse una serie de apariciones fantasmales en las que se lo veía caminar cabizbajo, como presa de una gran pena.

La segunda versión habla de un humilde trabajador ferroviario que fue asesinado y luego decapitado por el amante de su esposa en la estación de Puente del Inca. Algunos aseguran que vaga por la noche cargando su propia cabeza en una mano y un hacha en la otra, amenazando de muerte a quien se cruza con él, mientras que otros aseguran que se trata de un espectro inofensivo.

En ambas versiones hay ocasiones en que el Futre aparece a caballo.
 

HUEKÚFU:
También llamados Huekufü o Huecuvu. Espíritus malignos y traviesos que hacen el mal asumiendo formas muy variadas, según un mito araucano. Provocan enfermedades y accidentes, mandan plagas y también lluvias cuando se está por levantar la cosecha. Son muy temidos. Se ensañan a veces con los niños tiernos para castigar a sus padres. También con los ancianos, a los que vuelven ciegos y tullidos.

Otras versiones lo presentan como un dios maligno, único e invisible, que habita preferentemente en los charcos infectos, lagos, casas abandonadas y árboles añosos. Este último se habría absorbido ya en Gualicho.

Según Latcham, los brujos los empleaban como instrumentos para sus maldades. Eran una fuerza informe a la que ellos imprimían la forma más conveniente a su propósito. Con frecuencia se presentaban como vampiros que chupaban la sangre de la víctima.

Este mito se fundió en buena medida al de Gualicho, por lo que varios autores los tienen por un mismo ser.


KAI KAI FILU:


Ser mitológico mapuche causante del diluvio universal. Es la gran serpiente primordial que vive bajo las aguas, a la que se le atribuye toda gran inundación. Luego de la conquista se lo comenzó a describir como un animal híbrido, mitad caballo y mitad culebra, aunque sólo se buscó enriquecer el mito.

Tren-tren es su encarnizado enemigo, pues a medida que Kai Kai Filu hacía subir el nivel del agua con el propósito de ahogar a los hombres, aquél elevaba las montañas para evitarlo, aunque hay versiones que dicen que sólo pudo salvar una pareja de la furia destructora de Kai Kai Filu.

LA LLORONA:

Fantasma del Sur de la Provincia de Buenos Aires, cuya leyenda es una derivación de la de la Viuda. Si bien tuvo su nacimiento en las creencias de los pequeños pueblos, se adaptó a los tiempos y su tradición se asentó también en las ciudades.

Se la caracteriza como una mujer vestida enteramente de blanco, sin cara y por lo general también sin pies, que se desplaza sobre la tierra sin tocarla. Anda siempre gimiendo en la noche, y de ahí su nombre. Su llanto anuncia desgracia. A veces se acerca a una casa, llevando la enfermedad a los sanos y la muerte a los enfermos. Suele cargar con los que encuentra en su camino, para quitarles la vida o enfermarlos. Alzando la cruz del cuchillo o un crucifijo de plata se la hace retroceder. Los perros se enloquecen cuando la oyen gemir.

Esta es su caracterización específica. Como derivación de la leyenda de la Viuda, hay versiones que dicen que implora ayuda y piedad, y que cuando un comedido se acerca a socorrerla, le saca todo lo que lleva encima, incluso la ropa. Deja de ser entonces un heraldo de la muerte y la enfermedad, para convertirse en salteadora.


EL LOBIZON:


Según Cámara Cascudo, esta leyenda arranca de la tradición greco-latina. Para Teófilo Braga, su origen seria escandinavo. Cervantes se refiere a ella en Persiles y Segismunda. Para los franceses vendría a ser el Loup-Garou. Menéndez y Pelayo nos habla de su vigencia en San Miguel de los Azores, donde lo llaman Lobishómen. No obstante estos antecedentes foráneos, Daniel Granada insiste en que ya era conocida en el Plata mucho antes de la llegada de los españoles, lo que no deja de resultar plausible dada la existencia de otros hombres-animales en el área guaraní, como el Yaguareté-Abá. Está muy extendida en el Litoral, y especialmente en Corrientes y Misiones. También se la conoce en Rio Grande do Sul (Brasil) y otras regiones de América, con nombres como Lobisome, Lobisone, Lobisonte, Lubisón y Luisón.

El Lobizón es siempre el séptimo hijo varón seguido de una pareja, así como la séptima hija mujer seguida será bruja. Su representación más frecuente es bajo la forma de un perro negro y corpulento, de orejas desmesuradas que le cubren la cara y con las que produce un fuerte chasquido. Sus patas se parecen a pezuñas, y sus ojos son fulgurantes. Su color suele ser bayo o negro, según la piel del individuo. También es común representarlo como un animal en el que se combinan las naturalezas del perro y el cerdo. Con menor frecuencia se lo describe como un aguará-guazú (lobo de crin), una oveja, un cerdo o una mula.

La transformación no ocurre en cualquier momento, sino a las doce de la noche del viernes, y a veces también del martes. Un tiempo antes, el hombre que padece esta "enfermedad" experimenta una sensación extraña, y luego una acuciante necesidad que lo lleva a apartarse de sus semejantes y ganar la intimidad del monte, donde a la hora señalada se quitará la ropa y dará en el suelo tres vueltas sbre si mismo, de derecha a izquierda, mientras reza un credo al revés. Se opera así la metamorfosis, y sale entonces de correría hasta que el canto del gallo lo devuelva a su humana condición. Durante esa noche, los perros aúllan enloquecidos, advirtiendo su presencia. Va á los chiqueros, gallineros y corrales en busca de excrementos, su más preciada comida. También suele vérselo en los cementerios, revolviendo tumbas en busca de carroña. De tanto en tanto, para balancear su inmunda dieta, comerá un niño no bautizado. Parece despreciar la carne de los adultos.

Si alguien lo hiere con un cuchillo, el Lobizón recobrará su forma humana, pero el comedido redentor se expone así a ser muerto por el monstruo. Lo mejor es matarlo con una bala bendita. El impacto lo volverá a su forma humana, y será un hombre muerto lo que encontrará el tirador. Si sólo lo hiere huirá por el monte tratando de alcanzar su casa.

El hombre que se convierte en Lobizón suele ser alto, flaco, escuálido. Se lo reconoce por el tono amarillento de su rostro y su mal olor, que a veces llega a la pestilencia. Es descuidado en el vestir, y su carácter huraño, intratable. Todos los sábados cae en cama enfermo del estómago, por los desperdicios que comió la noche anterior.

EL YAGUÁ HÚ ANDA RONDANDO

En el Iberá (provincia de Corrientes), la idea más extendida que se tiene del "lobizón" es la de su transformación canina. El llamado yaguá hú -perro negro-, de gran tamaño, es el protagonista de la superstición. La persona señalada como lobizón es el séptimo hijo varón seguido y no bautizado. No hay forma de equivocarse: de pequeño, reacio a comer carne, es escuálido, enfermizo, solitario, y muestra siempre las uñas largas y sucias de tierra, porque se pasa horas y horas escarbando en los potreros. Su destino está marcado: es un lobizón.

Cualquier correntino sabe que es inútil dispararle, porque no le entran las balas. Para ahuyentarlo, hay una única fórmula: hacerle la señal de la Santa Cruz y tirarle con botellas y tizones encendidos. Elemental: la cruz es el payé guazú, o sea, el talismán grande de Dios, las botellas cortan y los tizones queman. El lobizón sabe que, si es alcanzado, quedará marcado para siempre y cualquiera lo reconocería a la distancia. Si uno está en casa y de repente entra un perro negro, hay que gritarle yaguá hú. Si el perro negro no se inmuta, es que sólo se trata de un perro negro. Pero, si se le erizan los pelos y gruñe, no lo dude: es él. Por eso, un correntino precavido debe tener siempre a mano una cruz, una botella y un tizón. Es curioso: aunque se echa al cuello de sus víctimas y sus colmillos dan siempre con la yugular, el lobizón, como el más santo de los vegetarianos, no gusta de la carne sino de la leche. Por eso, el yaguá hú ronda siempre los tambos y, por las noches, las vacas y los terneros mugen angustiados. No es para menos. Cuando el lobizón muere, su cuerpo tiene forma humana, pero, si uno se fija con detenimiento, el cadáver muestra entre los labios un hilito blanco. Es la leche.

Otro dato inconfundible: el yaguá hú come excrementos de gallina, por eso cualquier correntino sabe que, cuando el patio está limpio, no es porque las gallinas se hayan vuelto educadas, sino porque el hechizado anda rondando. Dicen que el lobizón se transforma dos veces por semana, los martes y viernes, a la caída del sol y, por supuesto, siempre en un lugar solitario. Quien presuma de erudito y se ría de las supersticiones del Iberá, que tenga en cuenta lo siguiente: el mito fue traído de Europa. Plinio, Virgilio, Petronio, Cervantes y hasta el sesudo Menéndez y Pelayo han hablado del lobizón y, que se sepa, ninguno de ellos era correntino..
 

MBOI- TATÁ:

Víbora de Fuego. Personaje catalogado por Ambrosetti que tiene difusión en la provincia de Misiones y en zonas de Paraguay.


Según este mito, los compadres que tienen relaciones sexuales entre sí, y de ese modo faltan al vínculo sagrado que los une, se convierten en grandes serpientes con cabezas flamígeras (en algunos parajes se habla de descomunales aves con cabezas ígneas). Una vez transformados, los compadres transgresores pelearán toda la noche, arrojando chispas y quemándose mutuamente. El combate se interrumpe con las primeras luces del alba, pero se reanuda cada noche, y así por toda la eternidad.

Según Daniel Granada, en Brasil existe una versión del Mboi-Tatá, pero allí toma el carácter de protector de los bosques y los campos contra los incendios, y señala a veces la presencia de tesoros.



NEGROS DEL AGUA :

Se trata al parecer de una leyenda originaria del Brasil. Es indudable su parentesco con el Y-Póra, pero hay diferencias que impiden confundirlo con aquél. Los Negros del Agua son enteramente negros y calvos, y al parecer de menor tamaño que el Y-Póra, por lo que se los llama también Negritos del Agua. Sus manos y pies tienen membranas interdigitales, como las de las aves palmípedas. Según algunas versiones, poseerían un solo ojo grande, a la manera de cíclopes.


Suelen andar en grupos, lo que es muy raro entre los seres sobrenaturales. En las siestas ardientes ahogan a los niños que se acercan al agua, y al atardecer, o en las noches de luna, a los navegantes, tumbando sus canoas. Se dice que se los ve con frecuencia emerger de una laguna, pero al percatarse de que son observados se ocultan de inmediato. Su hábitat es el Noroeste Argentino, Paraguay y Sur del Brasil.

OKAN:


Este ente sobrenatural del área cultural wichi o mataca es considerado el dueño de los tigres. Es de costumbres malignas, y se lo culpa de haber sido quien enseñó a comer carne humana y de otros animales a los jaguares. Este personaje ocupa un lugar importante en el orden del entendimiento natural de este pueblo.

Muy rara vez se lo puede ver, pero quien lo encuentra está condenado a morir. Se lo describe como un hombre gordo de dientes afilados, ojos felinos y larga cabellera. Se cree que puede adoptar apariencia humana o felina en forma indistinta. Siempre recorre la selva acompañado por un grupo de jaguares (tigres), que vigilan su sueño cuando decide recostarse en las playas de los ríos para completar la digestión.
 


LA PERICANA:
Es un ser legendario relevado por Berta Vidal de Battini en San Juan y San Luis. Se trata de una vieja horrible, flaca, gigantesca y de largos dientes, que sale por la siesta para correr y castigar con un rebenque a los niños que encuentran fuera de la casa sin permiso de sus padres o haciendo picardías.


Se dice que echa fuego por los ojos y su voz es gruesa. A veces anda con un enorme cuchillo en la mano, aunque nada indica que mate o devore a los niños. Algunas versiones dicen que, en lugar de un rebenque, tienen una cola de clavos y espinas con la que castiga a los niños dejándolos desnudos y ensangrentados.

PIRA-NÚ:

Se traduce como Pez Negro. Fantasma del agua de la región misionera. Se lo describe como un pez de gran tamaño, con cabeza semejante a la de un caballo, en la que se incrustan desmesurados ojos. Dicen que se forma con los restos de las viejas canoas de timbó (árbol de la región) que se pierden en las correderas de los ríos. Nada a flor de agua, haciendo zozobrar a las embarcaciones para devorar a las personas y animales que viajan en ellas.

Se cree que este mito se originó en el profundo temor de los indígenas de la región hacia las pirañas que ocasionalmente eran traídas por las crecientes de los grandes ríos.
 

LOS PITAYOVAI 


Llamados también Talonyovai, son genios malignos que tienen el aspecto de indiecitos y habitan en las selvas del Alto Paraná, en el litoral argentino, y también en el Chaco paraguayo.

Se dice que son antropófagos. Tienen los pies sin dedos y los talones para adelante (su nombre en guaraní significa: talón frente a frente), de esa manera desconcierta a todo aquél que intenta huir de él.

Poseen hachas de doble filo, y subiendo en los árboles, esperan a que alguien pase para tirarse encima y matarlo. Ahorcan, muerden, destrozan y devoran a la gente que atrapan.

Según relatos de la época, durante la guerra entre Paraguay y Bolivia, en 1932, el Pitayovai mató a muchos soldados destinados al monte.
 

 POMBERO:

El Pombero es el más popular de los duendes de la región guaraní. Según Carlos Martínez Gamba, sería de origen brasileño, pues no se lo encuentra en la mitología mbyá. Su nombre viene del verbo "pomberiar", que significa espiar. Se lo describe como un hombre alto, delgado y velludo, que luce un enorme sombrero de paja. Otras versiones, que hoy parecen predominar, lo pintan como un petiso gordo, negro, peludo y feo; también como un enano fornido que camina con los pies hacia atrás, aunque con esta caracterización su figura tiende a fundirse a la del Yasí-Yateré.

El Pombero es el genio protector de los pájaros. Recorre el monte a la siesta con una caña en la mano, y si encuentra niños puestos en la tarea de cazarlos carga con ellos, para abandonarlos luego lejos de su casa, muertos o atontados. Otras versiones, recogidas en Chaco, afirman que les chupa la sangre hasta matarlos y los cuelga luego de un árbol. Claro que bajo tal amenaza los gurises procuran no alejarse mucho de los ranchos en estas horas de descanso. También puede secuestrarlos en la noche, cuando andan detrás de los cocuyos. No hace ruido al caminar, razón por la cual en algunos sitios de Corrientes recibe el nombre de Py-ragüé, o sea, pies con plumas o pies velludos.

Otras veces se presenta como Kuarahy-Yara o Dueño del Sol, y se lo describe entonces como un viejo color rojo con un solo ojo en medio de la frente, dientes de perro, brazos largos y manos muy grandes. Su fuerza es poderosa, por lo que nadie lo puede vencer. Según Félix Coluccio -posición que adhiero-, el Kuarahy-Yara y el Pombero serían dos seres distintos, y no dos modalidades de un mismo ser. El Kuarahy-Yara estaría así directamente vinculado al mito mbyá de Kuarahy, compartido por muchas parcialidades étnicas de la familia lingüística tupíguaraní.

El Pombero pía, silba, remeda el canto de las aves. Puede también metamorfosearse en indio, tronco o camalote, nos dice Fariña Núñez, y hasta tomarse invisible para entrar por el ojo de una cerradura. Le gustan los huevos frescos y la miel del monte. Masca tabaco negro y suele dormir en los hornos. No faltan los que celebran con él un pacto heroico, beneficiándose con su ayuda. Pero aunque le diviertan las transmutaciones, su representación esencial es antropomórfica.

Se habla de un Pombero que sólo aparece una vez al año, llamado el "Dueño de Octubre". Viene el primero de dicho mes con su típico sombrero de paja, munido con un rebenque con el que azota a todo aquel que no coma en su honor hasta atragantarse.

En el Chaco se cree que el Pombero es un compañero invisible con el que se puede hacer tratos de camaradería. Acompañará entonces al amigo en los buenos y malos momentos, ayudándolo a sortear los peligros.

Si se habla de él por las noches, es preciso hacerlo en voz baja para no ofenderlo. Conviene dejarle cerca del rancho un poco de tabaco para que masque. Para ahuyentarlo, hay que poner un diente de ajo en cada esquina de la casa.

El área de difusión de esta leyenda comprende el Paraguay, Sur del Brasil, y las provincias argentinas de Corrientes, Misiones y Chaco
 

PÓRA:

Ánima por lo general maligna y nefasta del pueblo guaraní. Se dice que el anga (aliento, soplo o alma) de los que mueren se transforma en póra y ronda, invisible, los sitios que le son familiares, como un alma en pena. Algunas picadas y otros lugares, y ciertos árboles, como la higuera, suelen tener también un póra, nos dice Fariña Núñez, especie de genius loci que los protege. Es proteico. En las noches tempestuosas divaga por los alrededores de las tumbas, y asusta, por lo común sin dejarse ver, en los senderos del bosque. El Caá-Porá y el Y-Póra son ya representaciones visibles de este tipo de fantasmas.

PUJILAY:
Es el espíritu del carnaval diaguita-calchaquí.

Su representación habría terminado aboliendo el carácter divino de sus orígenes, quedando finalmente el personaje, algo con fin en sí mismo.

Se lo describe como un dios efímero, que viene a llorar como un ebrio sentimental y lírico. Preside el carnaval pero no con la solemnidad y el terror, arma de los dioses, sino con la farsa. Más ésta, por la pasión y las lágrimas que la nutren, resulta dolorosa y profundamente humana. Es menos mordaz, presuntuoso y caricaturesco que el Rey Momo y también más simple y hondo.

Del viejo dios de la chaya, de algún modo vivo bajo la ridícula apariencia actual, no queda más que una piltrafa: un pobre muñeco pintarrajeado y andrajoso montado en un burro o en un chivo, de pelo blanco y amigo de la orgía, a quien se carga toda la culpa del carnaval.

También puede ser un hombre disfrazado de viejo y alegre, que divierte con sus bromas y bufonadas, a modo de un Arlequín de los indios.

Las características que encarna este personaje son las del dios que representa ya sin saberlo: alegre, socarrón, impertinente, dicharachero, un poco truhán pero bonachón, humilde y al servicio de los humildes, sin arranque alguno de soberbia.

Del viejo ritual quedan el ídolo, los coros, la vidalita acompañada por la caja chayera y el entierro ceremonial que bien podría simbolizar, en los tiempos prehistóricos, el paso del solsticio de verano.

Su reinado es tan regocijante como efímero. Llega al comienzo del carnaval en jocosa cabalgadura, seguido por una multitud que ríe y canta al son de las cajas y los tamboriles indios, echándole almidón a la cara y azotándose el enharinado rostro con ramas de albahaca, mientras beben aloja y hacen estallar cohetes.

El Miércoles de Ceniza, después de tres días de francachelas, lo llevan en angarillas, a enterrarlo en las afueras del pueblo, entre mares de lágrimas, no tan fingidas, porque la tristeza es honda a esa hora. En su tumba echarán frutos, para que los duplique el próximo año, gracia que se le pide a un dios y no a un monigote.


 RUNA-UTURUNCO:


También conocido como Runa-Uturungu, o simplemente Uturunco o Uturuncu. Es el hombre-tigre, en la versión del Noroeste argentino. Se trata por lo general de un indio viejo que en horas de la noche se convierte en jaguar, revolcándose sobre una piel de este animal. Sus correrías duran hasta el amanecer, hora en que recupera su forma humana. Quien le sigue las huellas para vengar una afrenta, suele sorprenderse al. comprobar que las marcas de sus pezuñas se convierten en pisadas humanas. Se lo conoce también por su rastro, que es de cinco dedos, como el del hombre, y no de cuatro, como el del tigre.

Parece más vulnerable a las balas que su compañero nordestino el Yaguareté-Abá, y algo menos terrible que éste, aunque siempre se lo presenta como más feroz que el animal cuya forma toma. Se alimenta de carne cruda, y preferentemente de los hombres que elige como víctimas antes de la transformación.

Según cuenta el Padre Toscano, había antiguamente mestizos en esa región que se disfrazaban de tigres para cometer bajo esta apariencia toda clase de fechorías, sirviéndose de la leyenda para sus turbios fines, y por cierto agrandándola.


EL SALUDADOR:


 Aquellos que creían que ser el séptimo hijo varón de una familia implicaba necesariamente la maldición de convertirse en lobizón, en realidad no conocen esta creencia nacida en la España medieval y adoptada en nuestras tierras.

El saludador recibía sus poderes sobrenaturales desde el mismo momento de la concepción. Como ya hemos dicho, debía ser el séptimo hijo de una familia que solamente hubiese engendrado varones, pero también podían llegar a serlo quienes nacían en la noche de Navidad o Viernes Santo. Estos niños poseían una marca distintiva: una cruz en la bóveda palatina, que le confería a su saliva un gran poder terapéutico. En Vizcaya y Galicia se creía que también las séptimas hijas podían llegar a ser saludadoras o brujas.

Los poderes de los saludadores eran asombrosos. La cruz en su paladar confería virtudes antirrábicas a su saliva y aliento, por lo que los aplicaba sobre las mordeduras mientras recitaba conjuros y oraciones. Algunas versiones decían que debía también orinar sobre las heridas, o incluso poner aceite hirviendo en su propia boca y dejar que goteara sobre la lesión. Esto último, que en principio puede parecer sorprendente, en realidad era un hecho menor, ya que sus poderes incluían el dominio sobre el fuego. Los saludadores podían caminar sobre las brasas sin quemarse, hundir las manos en aceite hirviendo, entrar en un horno encendido, tomar un hierro candente con sus manos, o alojar en su boca un tizón encendido. Tan notorias eran estas capacidades en el caso de Fulgencio de Sevilla que, luego de haber sido acusado de prácticas supersticiosas por la Santa Inquisición, tomó con sus pies y manos una barra de hierro al rojo vivo para luego lamerla. Ante una prueba de tal magnitud, el Regidor le otorgó el título de Saludador Oficial de Murcia en 1696.

Pero los poderes de estos hombres extraordinarios no terminaban allí. También tenían la capacidad de amainar las tormentas y el granizo, por lo que eran especialmente apreciados en la campiña.

La Iglesia no tuvo una posición unificada frente a los saludadores. Si bien en algunos lugares eran perseguidos por el Santo Oficio, en otros eran aceptados y, provistos de una licencia obispal, prestaban servicio junto a los médicos. En realidad, el problema surgía porque no existía acuerdo sobre el origen de sus poderes.

Sus defendores sostenían que estos poderes curativos eran otorgados por Santa Quiteria, virgen y mártir gallega del siglo I. Quiteria era hija de un gobernador romano, única sobreviviente de un parto de nueve niñas. Se cuenta que en su juventud huyó para evitar ser desposada, pues deseaba mantener su virginidad. Su padre ordenó al prometido que la persiguiese, pero era tal el despecho del joven que cuando la encontró mandó decapitarla. Ante la sorpresa de todos, el cuerpo de Quiteria se levantó, tomó su cabeza bajo el brazo, y caminó hasta el lugar que ella misma había elegido para su tumba. Desde el siglo II fue venerada como protectora de la rabia, pues se decía que infundía serenidad y dulzura a los atacados por esta enfermedad.

Otros creían que la cruz del paladar era la prueba visibles de un pacto con el Diablo, y según esta teoría el saludador era una especie de "cazador de almas" de aquellos que se acercaban a él para obtener la curación de sus males.

En el Virreinato del Río de la Plata se supo de la presencia de saludadores al menos en las ciudades de Córdoba, Tucumán y Santiago del Estero, aunque las tradiciones locales sostienen la existencia de muchos otros casos.


SACHÁYOJ:


 Numen tutelar del bosque, de terrible fama en Santiago del Estero, que es el territorio de su leyenda. Se lo ve a menudo por las selvas del río Salado, y sobre todo en los alrededores de localidades como Toro, Pozo, Lilo Viejo, La Mesada y otras circunvecinas, donde parecen estar sus principales dominios: grandes estancias con lujosas casas solariegas y abundante hacienda, y también lagunas y arroyos de aguas cristalinas.

Su figura es la de un hombre cubierto de "sajasta" o barba del monte que carga hidromiel, lechiguana y mulitas o peludos, que obsequiará a los que tengan el coraje de acercársele y aceptarlo. Otras veces se aparece como un jinete montado en una mula negra enjaezada con brillantes y plata. Se alimenta de frutas y animales silvestres.

Protege a los árboles de la voracidad humana. Sus gritos remedan el seco golpe del hacha, y suele atraer con ellos a los hacheros y meleros que se internan en el monte. Cruza en vertiginosa carrera las espesuras en que habita, y los perros que se atreven a perseguirlo no regresan.

Parte, de su leyenda tiende a confundirse con la del Súpay.

LA SOLAPA:

Es un ser maligno de la provincia de Entre Ríos que se lleva a los niños que se escapan a la hora de la siesta para robar frutas, matar pájaros, aventurarse por el río o cometer otro tipo de travesuras. Se la representa como una vieja muy alta y fea, con un vestido largo de quince volados, en los que se mete a los chicos que agarra. Cuando junta unos cuantos se eleva girando como un tirabuzón hasta alcanzar una gran altura, y desde allí los arroja. Los niños mueren aplastados contra el suelo y jamás se los encuentra. Otras versiones dicen que, simplemente, se lleva a los niños y los devora.

SÚPAY:

Dos tradiciones se unen para conformar el Súpay o Zúpay. Una de ellas arranca del Incario, donde fue reconocido como principio o genio del mal que reinaba en el Supaihuasin, inframundo situado en el centro ígneo de la Tierra. Era la encarnación de los misterios selváticos y causante de los maleficios, pestes, inundaciones, sequías y todo cuanto hiere la imaginación y horroriza. La otra vertiente fue la leyenda de origen oriental que en la Edad Media el Catolicismo convirtió en verdad militante y centro de innumerables especulaciones teológicas, y los heresiarcas en puntal de complejas ceremonias y esotéricos cultos. Me refiero al Diablo, Demonio, Lucifer, Luzbel o el Maligno, llamado entre nosotros Malo o Malu.

Señor de las Tinieblas que corporiza el mito de la tentación, que a su vez causa la caída. Multiforme en su personificación, quizá por su mismo origen mestizo. Entre nosotros parece preferir la forma humana, y especialmente la de un gaucho rico y apuesto que viste ropa fina y negra, con chiripá del mismo color, lleva puñal, espuelas y rebenque de plata y oro, y monta un caballo retinto de largas crines y muy enjaezado. Otras veces viste cueros de oveja, sombrero aludo y una especie de túnica granadina, como el Súpay de Copacabana, Santiago del Estero. Se ha presentado también como un virtuoso payador que desafía a los más afamados practicantes del género (aunque en más de una ocasión salió derrotado de la contienda), como un viejo filósofo de campo o un negro rotoso y hercúleo.

Suele presentarse asimismo con la forma de un animal conocido, o más comúnmente como un híbrido de macho cabrío y hombre, con cuernos de chivatón, rostro de sátiro de larga pera y bigotes requemados, cuerpo muy velludo y piernas de chivo con impresionantes pezuñas, y con una capa negra. Con frecuencia se presenta también como un remolino, y hasta como un árbol. Sus apariciones vienen precedidas por un ruido como de disparo o trueno, y se dan en medio de una llamarada que impregna el aire con un penetrante olor a azufre. Desaparece también entre una nube hedionda y amarillenta, tras cerrar el trato con el hombre dispuesto a darle su alma a cambio de riquezas, amores o habilidades.

Prefiere hacer sus apariciones durante las noches de los martes y los viernes, que es cuando las almas y otros seres infernales salen a cometer fechorías.

Su templo es la Salamanca, gran cueva en la entraña de los cerros o subterránea en la que se dan cita las brujas y acuden otros iniciados en la práctica del maleficio. Es que funciona allí la universidad de las tinieblas, donde se enseña toda suerte de maña destreza o habilidad, y sobre todo el arte de dañar al prójimo y arrastrar su alma a la perdición.

Los animales del Súpay son los escuerzos, las víboras, los perros negros, los cerdos, los machos cabríos y las mulas. Sus cortesanas , las brujas, tanto viejas como jóvenes.
 


TRELQUE HUECUFE:
También Lafquen Trilque, Cuero o Cuero del Lago. Ser mítico araucano que habita en los lagos y devora a la gente que se acerca a la orilla de los mismos. Se desenrolla hasta aplanarse en el barro ribereño para acechar así a la presa. Tiene normalmente el color de la tierra, pero también suele ser verde o negro. Si es de otro color, la arena depositada por el oleaje lo hará pasar desapercibido. Quien lo pisa tiene de pronto una sensación de mareo, y de estar parado sobre musgo. De inmediato el Cuero levanta sus costados, mostrando abundantes uñas afiladas como garfios, con las que aprisiona y desgarra a la víctima, llevándola al fondo del lago. Otra versión dice que chupa por carecer de uñas, y que prefiere a los niños.

Se lo conoce también en Chile, donde recibe el nombre de Chueiquehuecuvú. Algunos lo describe como una especie de pulpo con uñas largas en la punta de los brazos.

TREN-TREN:


También Ten-Ten o Treg-Treg. Serpiente mítica araucana que simboliza la tierra seca o sólida. Mortal enemiga de Kay Kay Filu, con el que luchó denodadamente para impedir la extinción del género humano. Kay Kay Filu hacía crecer con su diluvio el nivel de las aguas, y Tren-tren elevaba las montañas para que los hombres no se ahogaran. Muchos de éstos se transformaron en peces antes de perecer, fundando las especies que existen en la actualidad, razón por la cual los araucanos de la costa chilena se resisten a comer a estos animales. Los que se salvaron en las altas cumbres se acercaron tanto al sol que su piel se hizo cobriza, del tono que tiene hoy. Según otras fuentes, sólo una pareja pudo salvar Tren-tren del mencionado diluvio.

EL UCUMAR:
También Ucumari y Ucumare Es el hombre-oso, al que se representa en distintos grados de hibridación: desde un oso muy peludo y terriblemente feo, con ligeros rasgos humanoides, hasta un hombre bestial, enteramente cubierto de pelos, larga barba y frente angosta. Al parecer, sería el mismo Jukumari de las zonas boscosas del Departamento de Chuquisaca (Bolivia), vinculado a su vez con mitos peruanos de antigua data. Vive en cuevas, en el fondo de las quebradas, pero merodea los ríos y vertientes, bañándose en ellos: es fácil por eso encontrar allí sus pisadas, similares a las de un oso. Según algunas versiones, además de fuerte es ágil, y puede treparse a los árboles más altos.

Su leyenda tiene fuertes tintes sexuales, pues se lo acusa de raptar mujeres y llevarlas a vivir con él, para tener hijos. Un relato recogido en Las Lomitas, Formosa, por Berta E. Vidal de Battini, dice que el Ucumar puede ser también hembra, y que en este caso rapta a los mozos para hacerse fecundar por ellos. También roba niños.


Suele aparecerse de improviso, aterrorizando al que lo ve. Si se le grita, responde de lejos con voces de gente. Si los perros lo atacan, se defiende a garrotazos.

La mayoría de los investigadores coincide en que la mítica criatura se inspira en el único úrsido de Sudaméria: el oso de anteojos o frontino, que en el área de influencia quichua también recibe el nombre de Ucumar. Vive en la franja selvática de las laderas orientales de los Andes, desde Venezuela hasta el norte de la Argentina. Su habitat específico en nuestro país es la Selva Subtropical de Montaña, también llamada Yunga o Nuboselva. Aunquealgunos biólogos creen que ya no existe en nuestro territorio, se han recibido informes provenientes del Parque nacional Baritú, y especialmente del Parque Nacional Calilegua (Jujuy).

Entre nosotros esta leyenda se extiende por todo el Noroeste, hasta Santiago del Estero.
 

UKACO:

También llamado Ucalo. Es el señor de las tinieblas y dueño de los socavones de Jujuy, cuyo culto se practica en la Puna (oeste de Jujuy y Salta, y norte de Catamarca) y en la Quebrada de Humahuaca desde tiempos muy antiguos. El minero que comienza a horadar a montaña en busca de una veta sabe penetrar en sus dominios y debe en consecuencia rendirle homenaje, para que la suerte le sea favorable y lo proteja de eventuales derrumbes.

El día en que aparece la veta del mineral buscado los mineros realizan un ritual de agradecimiento. Eligen un día Viernes y el rincón más apartado y tenebroso de una mina abandonada para armar un altar, en cuyo centro colocan una gran imagen del Ukaco, al que hacen con los ojos encendidos, dientes afilados, orejas puntiagudas, largos cuernos y una enmarañada y abundante cabellera. En la mano izquierda sostiene un trozo del mineral encontrad, y en la derecha un terrible tridente. El Ukaco recibe allí las ofrendas: coca, acullicos, cigarros, alcohol, azufre, etc. Con esto se quiere evitar que se lleve la veta, dejándolos sin trabajo.

Este diablo de los mineros es también adorado los Martes de Carnaval, día en que se ornamenta la bocamina con serpentinas y otros elementos, mientras que en su altar el capataz deposita siete paquetes de cigarrillos, siete cántaros de chica, siete puñados de coca, y se sacrifican siete corderos en su honor. Los encargados del sacrificio son siete mineros elegidos entre los más antiguos. La sangre se recoge en vasijas de boca ancha, de las que beberán los presentes. Con lo que resta, se riega el suelo. Las mujeres y los niños no participan de estos rituales, sino que esperan a los hombres en el exterior de la mina.

La imagen del Ukaco parece superponerse a la del Tío, pero hay rasgos distintivos que impiden presentarlos como una sola entidad. Por otra parte, tampoco los mineros lo consideran un mismo ser.
 

LA UMITA:

Umita quiere decir "cabecita", en quechua. Es un ser legendario muy conocido en Santiago del Estero, y especialmente en los Departamentos de Guasayán y Jiménez. Se lo describe como una cabeza humana de larga y enmarañada cabellera que vaga sola en la noche, rodando por el suelo o volando a ras de él, y produciendo al desplazarse un ruido suave, como de trigal mecido por el viento. También como una gran cabeza de dura pelambre, o una cabecita como de criatura. Suele aparecerse en las taperas o en los caminos viejos y abandonados en esa indecisa claridad en que culmina el día, llorando y con el rostro bañado en lágrimas. Aunque por lo común reduce su llanto a una simple expresión de amargura, hay veces en que implora piedad, o pide ayuda para salir de su angustiante situación. Siempre quiere contar al viajero su aflicción, pero sólo logra aterrorizarlo con su presencia.

Sin embargo, muchos afirman que hacerse acompañar por ella en una travesía nocturna es una protección eficaz contra los malos espíritus, aunque hay que aguantar, claro, sus constantes quejas. Di Lullo subraya esta condición de numen tutelar, que advierte a los hombres sobre los peligros que los acechan. Domingo Bravo nos cuenta que a menudo los paisanos le dejan agua en un sitio apartado para que beba, pues sería la sed lo que la saca de su refugio, llevándola a merodear los ranchos.

Pero también hay versiones terribles de esta leyenda, que hablan de viajeros que se trabaron en tenaz lucha con ella hasta el amanecer, hora en que la vieron transformarse en toro o ternero, y confesar bajo tal apariencia el error o la falta que está condenada a pagar. Pero el vencedor no salió en esos casos bien librado, pues perdió el habla. La palabra de la Umita sólo suena para privar de su palabra al desventurado oyente. El alba pone siempre fin a sus andanzas.


LA VIUDA:


anal Feijoó describe a la Viuda como una mujer alta, delgada y cubierta con un manto negro, que suele aparecerse en los caminos, puentes y lugares apartados. Se la ha visto también en las calles de la ciudad de Santiago del Estero, parada a mitad de cuadra, como ausente o en paciente espera. Se insinúa a los hombres con una sonrisa, pero esquiva con andar ligero a las mujeres, a las que aborrece. Al desplazarse, su manto flota en el viento. Sale siempre de noche. A veces pierde el recato y acompaña a los hombres un buen trecho, sin hacerles nada.

Si bien tal versión urbana no carece de poesía, las del campo, que son las más, no la presentan como un ser inofensivo. También se habla aquí de una mujer alta y enjuta, pero cubierta con una sábana blanca y trepada por lo común en zancos, que se entretiene en desvalijar a los viajeros, dejándolos sin nada encima. En Catamarca se destaca su cabellera desgreñada y la sensual blancura de sus pies, y se le añade un infernal detalle: el de echar fuego por la boca. Se dice que es una joven que anda por la orilla del río, tratando de encontrar al hijo que arrojó en sus aguas para ocultar su falta. En castigo de su crimen, Dios la habría castigado a buscarlo eternamente. Se ocupa asimismo de perseguir a los mozos que andan en amoríos, subiéndose al anca de sus caballos y abrazándolos mortalmente. Los pocos que lograron salvarse o zafarse de este terrible abrazo cuentan que sintieron a sus espaldas el ruido de una bolsa de huesos o algo así.

Al parecer, en algunas partes suele presentarse con la forma de un potrillo, ternero y hasta de un perro negro.

Esta leyenda tiene su equivalencia en otros países de América. Se confunde casi con la de la Llorona.
 

YAGUARETÉ -ABÁ:

Hombre tigre. Leyenda muy difundida en Corrientes, Misiones y Paraguay. Son viejos indios bautizados que de noche se vuelven tigres para comerse a sus compañeros u otras personas. Cuando les viene el mal propósito se alejan de sus semejantes y se sumergen en la oscuridad de la noche, buscando el abrigo de un matorral. Allí se empiezan a revolcar de izquierda a derecha sobre un cuero de jaguar, rezando un credo al revés mientras cambian de aspecto. Salen entonces de caza, y ya devorada la presa, retornan a su forma primitiva, realizando la- misma operación, pero ahora en sentido inverso (es decir, de derecha a izquierda).

Se lo describe como un tigre muy feroz y sanguinario, de cola corta, casi rabón, o directamente sin cola, y con su frente desprovista de pelos. Otras versiones lo pintan mitad hombre y mitad animal, o con cuerpo de yaguareté y extremidades humanas.

Ambrosetti recogió muchos relatos sobre las andanzas Yaguareté Abá. Quizá la más notable es la de un cazador de un pueblo de Yuti, Paraguay, que tuvo el coraje de acuchillarlo y seguirle luego el rastro por la selva hasta dar con su guarida, una gruta llena de calaveras y huesos humanos roídos, donde lo remató tras un nuevo y encarnizado combate. Como no bastaban las cuchilladas, lo decapitó. Se dice que es inmune a las balas, a menos que estén bendecidas. También el machete bendecido es eficaz.

Según testimonios recogidos por Berta E. Vidal de Battini en Corrientes, hay veces en que el Yaguareté-Abá persigue a muchachas hermosas, raptándolas y llevándolas a su guarida, en medio de monte.


YAGUARÓN:

También Yaguarú. Bestia mítica de la provincia de Misiones a la que se atribuye el derrumbe de las barrancas del río Paraná. Se lo describe como un monstruo chato de color verdoso con cabeza grande y armada de fuertes colmillos filosos como sables. Utiliza esos colmillos para cavar las barrancas hasta producir su caída, que por lo común arrastra animales y personas que se encuentran en la orilla del río. El yaguarón ataca a estos desprevenidos, pero sólo devora los pulmones.

YASÍ-YATERÉ:
También Yacy Yateré. Hermoso enano rubio y barbudo que recorre el campo desnudo, con un sombrero de paja en la cabeza, y en la mano un bastón de oro que jamás abandona, por ser el arma que le permite hacerse invisible y disponer de otros poderes sobrenaturales. Se dice que en la parte superior de este bastón se halla el silbato que produce el estremecedor llamado que advierte su presencia y deja sin dormir a las mujeres cuando lo escuchan de noche. Otros afirman que el autor del silbido es un pequeño de entre 2 y 6 años, de cara bonita, rubio, ojos azules o amarillos y sin orejas, que tiene un olor muy fuerte y desagradable. Otras descripciones sostienen que lleva los pies hacia atrás, que es viejo, rengo y feo, que en vez de bastón lleva en la mano una caña, vara o lazo, e incluso que tiene cuatro talones. En este último caso se llama Pytá-Yobay.

Existe aún una cuarta versión que lo describe como un misterioso pájaro, pero las descripciones que se hacen del mismo son tan variables e imprecisas que sólo sirven para probar lo insostenible de la aseveración.

Habita en la selva. Su guarida está en los troncos, de donde sale por las siestas, y a menudo también de noche, sobre todo en las de luna llena. Rapta niños para jugar un tiempo con ellos, pero sólo se lleva a los varones, ya que a las mujercitas las deja pues tienen el pelo tan largo como él. Lame sus frentes para quitarles el bautismo, y luego los abandona en el monte, envueltos en enredaderas. Otras veces los ahoga en un arroyo al que los conduce con engaños, o los retiene para enseñarles a robar niños.

También secuestra muchachas hermosas para satisfacer sus apetitos sexuales, naciendo de tales uniones criaturas que revelarán luego las mismas inclinaciones del padre.

Los raptados por el Yasí-Yateré sufren un ataque de epilepsia o algo semejante al cumplirse un año del hecho. El único modo de salvarlos sería realizar un nuevo bautismo, pero esto no siempre funciona.

Se dice que usa un gorro o boina roja, y que su ropa es amarilla. Alrededor de su cuello tiene muchas llaves de oro y cinco anillos en los dedos. Es en su bastón donde reside todo su poder, y si alguien logra quitárselo comienza a llorar pidiéndolo, ya que sin él se debilita. Cuando camina queda sólo la huella del pie izquierdo, el derecho no se ve.

Le gusta la miel silvestre. También mascar tabaco, por lo que algunos, para granjearse su amistad, alimentan su vicio, dejándole unas hojas en los sitios que frecuenta. La ofrenda puede consistir también en otra cosa de su agrado. A los pocos días se mostrará al que así busca su compañía, le hablará y se convertirá pronto en su amigo fiel, que lo ayudará a salir airoso de las empresas más difíciles. Pero si se olvida una vez de dejarle el regalo habitual, montará en cólera y se volverá su más encarnizado enemigo.

Su leyenda está muy difundida en Corrientes, Misiones y Paraguay. En Rio Grande do Sul se lo conoce como Sacy. Se afirma allí que tanto el Sacy como el Yasí Yateré son guardianes de la selva, símbolos de lo útil y bello que debe ser preservado de toda destrucción insensata.
 

YÓSI:
También conocidos como Yóse, o Joshi, son espíritus del bosque que eran profundamente temidos por los indios onas. Según Anne Chapman, cuando los hombres pusieron término al matriarcado, matando o desterrando a las mujeres, muchos niños huyeron aterrorizados al bosque, donde lograron sobrevivir alimentándose de hongos, raíces y bayas. A medida que pasaba el tiempo, su cuerpo iba cubriéndose de pelos. Al final perdieron la palabra. convirtiéndose en los Joshil. Aunque no faltan versiones que insisten en su transparencia (que permitiría ver los árboles a través de su cuerpo), se dice por lo común que tienen la forma y el tamaño de un hombre aunque no son por cierto hombres. Las descripciones destacan su buena conformación física y su largo pene Aunque excesivamente lujuriosos, carecen de mujeres propias, lo que los lleva a raptar mujeres onas para satisfacer sus apetitos. Suelen sumir a la víctima en un profundo sueño, y se ponen a jugar entonces con sus órganos sexuales hasta dejarla estéril.

Andan por lo común desnudos, aunque se cubren a veces con una capa de piel de zorro. Hablan bajo y con muchas señas. Se esconden en las cavernas y las quebradas montañosas, aunque para vivir prefieren la espesura del bosque. Amontonan leña en el suelo, pero nunca encienden fuego, prefiriendo asomarse a los fogones de los solitarios y hacerles compañía. Pero otros son feroces y acechan a los hombres desde un tronco hueco para saltar sobre ellos con una fuerza extraordinaria, superior a la humana.

Cuando los indios oyen de noche rajarse un árbol o quebrarse una rama dicen que ahí anda el Yósi. A los hombres les gusta hablar de él con un acento burlón, aludiendo a su lubricidad, pero las mujeres, por pudor, ni siquiera lo mencionan cuando hay hombres delante.




 


 
 


 

 


 
 





 



 
 

 


 

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